Está bien explotar

A veces también es bueno explotar. Claro, eso no es excusa para ofender a los demás y mucho menos para ofenderse a uno mismo, como a menudo nos ocurre: somos las principales víctimas de nuestra propia violencia. Con explotar me refiero a realizar un ejercicio de honestidad y entregarse a la vulnerabilidad, a la frustración, hacer berrinche, enojarse, echar una lloradita de impotencia y ¿por qué no? maldecir el momento.

Hay una canción de José José que dice "hoy quiero saborear mi dolor" y me parece oportuno, incluso correcto para tiempos en los que la hiperproductividad, el pensamiento positivo, la felicidad forzada y el optimismo se venden como una solución a todo en la vida. Es curioso porque a la par de mensajes positivos alrededor del mundo fitness, la espiritualidad forzada, el bienestar de pinterest y los gurús de la vida en balance que prometen felicidad, también tenemos memes y stickers de gatitos tristes y llorando por las complicaciones de la vida diaria que pueden parecer un abismo.

Cuento esto porque en los últimos meses he puesto a prueba mi resiliencia. He dado el mejor de mis esfuerzos en todos los ámbitos que competen a mi vida, procurando poner el mejor de los ánimos y la mejor de las caras. Intento seguir la vía del punto medio como la budista que -creo- que soy. Sin mucho ahondar en mis métodos que van desde la escritura matutina, el journaling nocturno, las afirmaciones diarias, yoga, gratitud consciente, vodkita con pastel, organización neurótica de cada minuto del día, respiraciones, manifestar y soltar al universo, silencio y otros tantos recursos que he ido recolectando entre el new age y los posts de psicología, he intentado mantener el balance.

Pero es cansado. Mucho. Y no me refiero al cansancio físico (que también vengo arrastrando desde hace meses) sino al cansancio emocional. Estar bien es cansado. Servir a los demás es cansado. Escuchar y comprender es cansado. Sentirse solo es cansado. Y resulta especialmente cansado cuando hay ola de calor…

Así que ayer exploté. Lo hice en el único lugar donde me he sentido segura de expresarme: en la escritura. Escribir es soltar. Nunca he ido a terapia, pero en las muchas libretas y en los tantos textos que voy dejando aquí y allá me expreso y me explico el mundo. Sin embargo, últimamente escribía desde la persona que quiero ser (buena, ecuánime, tranquila, servicial) y no la que soy (cansada, aburrida, inconforme, frustrada, a veces triste). Sin darme cuenta me estaba censurando. 

Exploté. Enumeré todo aquello que me molesta y que me frustra saber cómo puedo solucionar pero que por alguna razón no lo hago. Me dije mis verdades. Y estuvo bien. Me sentí bien. 

La vida, las exigencias diarias, lo agobiante y aburrido que puede ser un día completo de actividades lo he navegado de manera positiva como una medida de protección, pero me doy cuenta que cierto grado de amargura también es necesaria para rescatar la parte humana de la vida. Está bien explotar. 

Después de mi episodio de negatividad descansé. Releí. Sonreí y llegó el sueño mucho antes de lo normal, dormí y a diferencia de otras noches solo desperté para escuchar la lluvia que golpeaba la ventana. Así es esto, explotar y luego esperar que las cosas caigan, llueva ya sea en lágrimas o en el cielo y esperar a que todo se limpie. Hay un texto de Julio Cortázar al que recurro cuando me siento como ayer, como hoy:

En lo más recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse…

Así que ayer fue ayer y hoy es hoy. Caer y levantarse, saborear el dolor, la frustración y rehabilitarse. Esto es la vida. 

Melancholy - Edvard Munch



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