De premios, reconocimiento y escritura.

Durante las últimas semanas he visto muchos comentarios acerca de los premios y becas literarias en el país. Hoy se anunció el premio Nobel de literatura y, como cada año, los nombres y las nominaciones fueron más fuertes y generaron más expectativa que el mismo premiado. Desde que dejé de usar con regularidad X (twitter) poco me entero de los pormenores de los chismes literarios y la información que leo por lo general ya tiene días de haber estado en tendencia y generado la conversación, a veces necesaria, en torno a un tema. Aunque esto me hace sentir que llego tarde a todo creo que, por otro lado, me da cierta perspectiva de lo que sucede y de los reclamos, dimes y diretes que, por lo general, se olvidan en una semana. 

Como artista, siempre creí que un premio sería el evento canónico que daría sentido a una carrera. Participar y perder es ya canónico, por eso creí que ganar sería un logro mayúsculo. Y tal vez lo sea en algunos casos, pero cuando me tocó a mí creo que pasé más tiempo en la incredulidad que en el deleite de la gloria. Es extraño, pero ese sentimiento de logro y la emoción de ganar dura menos que la profunda reflexión y análisis que genera perder. No quiero que se lea como si menospreciara ganar, claro que no, pero creo que en lo que no se obtiene hay mayor oportunidad de aprendizaje y autoconocimiento.  

Ahora bien, considero que hay dos cosas relacionadas con ganar que se complementan pero no necesariamente van de la mano: un premio y el reconocimiento. Los premios son un estímulo que siempre se agradece, especialmente cuando se trata de dinero. Porque seamos sinceros, nos gusta el dinero y que un texto se traduzca en un valor monetario, al menos en mi caso, me produce cierto goce capitalista. También he ganado premios en especie, en todos los casos fueron cuestiones simbólicas que también se agradecen y se disfrutan, pero que no superan a la dicha de ganar dinero. Ya Virginia Woolf, Émile Zola y recientemente Tamara Tenenbaum y Olivia Teroba han disertado sobre el dinero y la literatura, por lo que sobra dar argumentos que legitimen el gusto e incluso la necesidad de los premios monetarios como parte de una economía artística. 

Pero los premios no solo se tratan de dinero, al principio yo pensaba que sí, pero luego vi que en literatura hay mayor codicia en la obtención de reconocimiento. No tengo una larga carrera literaria y considero que mi actividad artística se decanta más hacia la música, pero llevo algunos años escribiendo y en ese ir y venir entre los escenarios y las letras veo que en el mundo literario hay un hambre desmedida por reconocimiento y todo lo que conlleva: egos, prestigios y desacreditaciones incluidas. Tal vez porque en la música hay más criterios medibles y cuantificables para determinar una ejecución como buena y por ello los instrumentistas nos esforzamos en adquirir las competencias necesarias para dar una buena interpretación es que me extraña mucho que en literatura exista un mayor interés por obtener reconocimiento antes que, por ejemplo, obtener técnica, solidez o una formación teórica literaria.  

Hace poco asistí a una serie de clases magistrales que versaban a propósito de ser escritor profesional. No dudo de las buenas intenciones de los presentes, pero al final las inquietudes y la conversación de las sesiones giró en torno al reconocimiento que se obtiene por escribir: premios, publicaciones, acomodar obra. Me resultó muy curiosa esta experiencia, quizá porque en mi idea (desde la música, claro) las clases magistrales ofrecen técnicas y estrategias para resolver problemas en común, entendiendo que el reconocimiento llegará cuando se logren depurar y establecer vías de acción para mejorar nuestro desempeño.  

A la luz de mi paso por la creación literaria, los premios y mi reciente formación en estudios literarios reflexiono en torno a la escritura y lo que, al menos para mí, significa ganar algo por escribir. Tal vez sonaré muy ingenua y poco ambiciosa, pero para mí escribir y leer por gusto ya es ganar. Mi premio tal vez no sea un diploma ni el reconocimiento de las personas, mucho menos dinero... pero saber que tengo veinte minutos para escribir sin un compromiso de entrega es un enorme privilegio. Suena poco, pero en mi agenda de compromisos, vida laboral, familiar y tareas de la maestría encontrar esos veinte minutos para dedicarme únicamente a escribir por gusto es un triunfo personal. Ganarle al reloj de la hiperproductividad capitalista y a la imperiosa necesidad de consumo para dedicarme a escribir solo por gusto es mi premio literario. Pocas personas lo saben, pero cuando logro pellizcarle esos minutos al día para escribir siento que ya gané y voy por la calle gustosa sabiendo que mis personajes y mis pensamientos están en algún lugar tomando forma o reposando en espera del día en que pueda abrir de nuevo mi archivo de escritura. 

Lo digo con humildad y sin temor a ser juzgada: tal vez ya no vuelva a ganar y tal vez no vuelva a competir, pero compartir al menos este texto y este blog es el logro al que aspiro. Lograr un espacio dedicado a mi escritura y a la lectura son los mejores premios que recolecto y que atesoro, son mi habitación propia, mi camino del artista, el lugar donde sé que puedo crear, explorar y compartir. Y para ello, afortunadamente, no necesito la validación de una convocatoria. 



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