Sí soy una señora
Recientemente cumplí 35 años, edad que venía asimilando casi desde noviembre pasado. Contrario a varias personas a mí no me molesta cumplir años, incluso propongo planes para hacer del día algo especial, comiendo algo rico y compartiendo mi pastel favorito. No voy a negar que de un par de años para acá, específicamente desde los 33 los meses previos a mi cumpleaños comienzo a reflexionar sobre el momento de la vida en el que estoy: el lugar emocional, familiar, espiritual, amoroso, financiero y biológico. Si voy un poco más atrás en mis escritos y diarios veo a mi yo de hace cinco, seis, diez años como alguien distinta, a veces más atrevida, a veces con más miedo, con energía y también con mucha soberbia. Los años hacen que muchas emociones y posturas se templen, que uno comience a verse en el espejo no solo para notar nuevos rasgos o silueta, sino también a ver en el espejo biológico que el cuerpo ya no procesa los ciclos como antes.
Recuerdo que en mis tardíos 20s me sacaba de lugar que me dijeran "señora". Pensaba ¿pero cómo? ¡si apenas hace un par de años salí del Cbtis! Porque la juventud, ese divino tesoro, es un elixir que se busca desde la antigüedad y gran parte de la industria cosmética dedica y genera millones en investigación y consumo de productos para aparentar que la vejez no llega, que los años no pasan, que no se notan las huellas del paso del tiempo. En mi caso, pensaba ¿cómo voy a ser una señora si no tengo actitud de señora ni experiencias de señora? Porque además, hay ciertos sucesos que pensamos que son ritos de paso para alcanzar "la señoritud". Los hijos y el matrimonio son los más comunes. Y yo, a la fecha ni uno ni otro. En aquel entonces veía con reproche y regresaba una sonrisa torcida a quien me decía señora. Ahora que lo recuerdo me causa gracia, porque realmente ser joven, morra, señora, doña, chava es lo de menos.
Curiosamente no sentí un choque emocional al cumplir los 30, tal vez porque desde los 27 la vida venía macerando mi carácter en aspectos que cambiaron por completo mi posición familiar, económica y social. Llegaron los 30 y aunque a veces anhelaba lo permisivos que pueden ser los primeros años de juventud me di cuenta que la edad, aunque constructo social, también es un indicativo laboral y económico. Basta ver las edades límites de contratación, los planes de retiro, los seguros médicos y los créditos para aceptar que los años no solo se ven en el espejo, también se ven en documentos y sujetos de deuda.
Creo que comencé a aceptar la idea de ser una señora durante pandemia, tal vez antes. Si bien no había matrimonio ni hijos ya tenía responsabilidades, trámites y deudas de señora. Ya me sabía los precios de la canasta básica, del kilo de tortillas (porque también era señora de mi casa), dónde es más barato comprar tales productos, la tarjeta del Sams, un calendario de pagos de servicios, descuentos vía nómina, un crédito Coppel al día y un ahorrito, por si acaso. Ya era una señora o un adulto responsable, como mejor se vea.
Sí soy una señora, no tengo hijos y tal vez no lleguen. No estoy casada y tal vez no pase. Pero afortunadamente en mi entorno no hay discriminación por ello. El estereotipo de la "mujer quedada" se abolió hace mucho en mi familia, amigos y cercanos. Y veo que en los últimos años ya no hay tanta urgencia por casarse como antes y por el contrario, los medios y la cultura pop ahora no solo añora la eterna juventud sino la plena soltería. Caí en cuenta del gusto que me da ser treintona en México cuando comencé a leer de la presión social que hay en Asia para las mujeres que no alcanzan a casarse antes de los 30. Como todo, pensé que tal vez era una exageración de la otredad cuando se hacen crónicas o retratos de la vida en otro país pero me sorprendió que durante mi visita a Japón una local me preguntara con sorpresa por qué seguía soltera si ya tenía más de treinta y me hizo la amable sugerencia de apurarme para el matrimonio y los hijos porque luego puede ser muy tarde. Qué bueno que en México, o al menos en el México que me toca vivir ya no tenemos esos reproches.
Por eso ya no tengo reparos ni aversiones cuando me dicen señora. Porque lo soy, porque técnicamente tengo la edad de tener una hija adolescente, porque ya no aguanto las desveladas, porque hay muchos alimentos que ya me caen mal y aunque no me he casado ya tengo la edad de tener hasta dos divorcios. Sí soy una señora porque ya no tengo urgencia de ir ganándole al tiempo. Soy y abrazo mi edad, la edad que sea, los años que sean con los adjetivos que vengan. Sí soy una señora.
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