De spam, extorsiones y pornografía.
Pertenezco a la prehistoria digital: aún uso mi cuenta de hotmail. Y es mi cuenta oficial para varios trámites y cuestiones institucionales por lo que la reviso constantemente incluyendo la carpeta de spam por aquello de los correos que sí son importantes y terminan en el limbo de la basura digital. Y ahí es donde me escriben princesas de África, viudas de medio oriente, compañías de viagra, factureras de Brasil y un tal Amazoon que menudo me avisa de cambios en mi cuenta. Ayer revisé el spam en mi correo y me encontré con un mensaje de extorsión que más que temor me causó gracia e hizo que me preguntara si en estos tiempos de sobreexposición al sexo aún resulte un tabú el uso de la pornografía.
En dicho correo un hacker profesional me advertía de haber instalado un malware en mi computadora, tener las contraseñas de mis cuentas y que de no depositarle determinada cantidad de bitcoins distribuiría un video a mis contactos con la pornografía que ha visto que consumo y de cómo me toco mientras lo veo. Todo mal. Porque además de ser una extorsión sacada de Black Mirror, como todo buen correo de spam la información es imprecisa y aunque la redacción pretende ser amenazante al final no representa un peligro real.
Durante mi adolescencia y temprana juventud el tema de la pornografía era un tabú, algo reservado para las "personas malas" o los jovencitos que vivían al límite viendo a escondidas la programación del canal Golden a medianoche. Conforme los celulares multimedia se hicieron populares llegaron a las manos de cualquiera videos de sexo, decapitaciones o la legendaria autopsia de Valentín Elizalde. Se trataba de un festín de Eros y Tanatos en presentación de baja calidad de imagen, apenas unos segundos y el morbo a tope.
Tal vez por este consumo que iba de mano en mano es que el tema de la pornografía no representó en un inicio el gran tabú para mi. Tal vez porque los primeros videos (en formato flash) los vi junto a mis amigos hombres una tarde en la computadora de mi casa (mi noviecillo del entonces me prestó un quemador de cd externo sin revisar lo que había dejado ahí y yo ingenuamente pedí auxilio para la instalación), tal vez porque estos primeros acercamientos vinieron con risas nerviosas, burla y el a que no te atreves a entrar a la sex shop que más allá del acto erótico la pornografía era una travesura, algo para reír y pertenecía a un mundo ajeno donde sabíamos que Jenna Jameson era un personaje muy aparte de la realidad que intentábamos emular en nuestras primeras aproximaciones a la vida sexual. Y tal vez por eso puedo pensar en la pornografía de aquel entonces incluso con nostalgia.
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Hace tiempo que el tema del sexo ya no me representa una prioridad, quizá sea porque apenas y abro cualquier plataforma hay contenido sexual implícito. Cuando estalló la bomba Cincuenta Sombras de Grey el sexo mediático se desgastó. El erotismo literario se volvió chafa, una fórmula que vendía y que llenó librerías y series televisivas. Lo que antes era una apuesta arriesgada se volvió en un recurso necesario para llenar de imágenes la vida cotidiana. Ya no es necesario sortear la medianoche en Golden Choice cuando en Twitter hay tanto sexo que solo me deja pensando en lo curiosa que se ve y es la raza humana.
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Aunque claro, toda imagen sexual tiene también sus aristas y bemoles. El tema de los packs son el ejemplo de cómo una imagen sexual también se usa para exhibir lo vulnerable del cuerpo desnudo. Más allá de la imagen está la invasión a la intimidad, un mecanismo de violencia que implica el escarnio moralino y la puesta en duda de la dignidad por el mero hecho de mostrar un cuerpo desnudo. Un cuerpo es un cuerpo, y solo eso.
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Después de leer el correo le pregunté a mi compañero de trabajo ¿qué pensarías si te llegara un video donde yo veo porno? Me contestó que sorpresa, o mejor dicho, se fijaría qué tipo de pornografía es y eso delimitaría un juicio. Y entonces recordé que hay terrenos de pornografía que son pantanos y también pueden ir en colores vistosos reflejando zonas oscuras del deseo humano, como un sótano en Akihabara o un edificio de varios pisos dedicados al Tenga donde realmente me cuestioné si el sexo es más allá de placer también un acto de violencia consensuada.
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Me planteo qué pasaría si el correo extorsionador cumpliera su promesa. Yo creo que nada. Tal vez vergüenza pero al final nada. El sexo está tan a la vuelta de la esquina, tan al inicio de sesión que una imagen sexual más se iría al enorme basurero del morbo digital. Y al final todo cuerpo, cada piel, cada centímetro es solo una variación de la especie que todos somos: simplemente humanos.
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