Wicked little town


Tengo un amigo que sueña con renunciar a su trabajo e irse a vivir al extranjero. Podría decir que en casi todas las conversaciones que tenemos me comenta de alguna página que vio con vacantes en tal o cual país y la posibilidad de mudarse. Hace un par de días me preguntó sobre mi nivel de francés y si me interesaría irme a algún país francófono a enseñar español porque el amigo de un amigo hizo un curso para dar español con validez internacional. Mi respuesta fue que no me interesaba mudarme de país. Ahora no. Hace diez años era el sueño de mi vida y por eso cada que platicamos y saca el tema es como si me estuviera escuchando a mi yo postadolescente.
¿Qué me ha pasado? No sé si sean los caminos de la vida y los sucesos de mis últimos años pero ya no me apetece irme de la ciudad. De hecho con el tiempo y varios viajes me he enamorado de mi pequeña Victoria y su clima, sus calles, su vegetación y su comida. No hay lugar como el hogar y Ciudad Victoria es mi pequeña casa con sus defectos y sus virtudes.
Durante la semana pasada me dediqué a hacer arqueología de mi cuarto y me encontré a mi yo de hace diez años a través de mis diarios, carpetas, boletos de autobús y múltiples afiches que juntaba. Por aquel entonces practicaba cello como poseída y mi día transcurría en francés, inglés y español. Pensaba que cuando tuviera la edad que ahora tengo estaría en algún lugar de Europa y que dejaría atrás Vicky Ranch. Quizá me dedicaría de lleno a la investigación, quizá daría clases o quizá simplemente serviría cafés en un bistró.
Sin embargo a la luz de mis casi treinta años eso no sucedió. Hubo muchas razones circunstanciales y personales que me motivaron a tomar decisiones que no coincidían con mi plan inicial. No voy a negar que durante algún tiempo, sobre todo cuando empezaba a estabilizar mi vida sentía que me estaba debiendo algo a mi misma. Frustración de niña romántica vs entrar a las ligas de la madurez. Tuve una temporada de amargura por no realizar lo que tenía planeado y fue muy triste darme cuenta del tiempo que perdí en el pronunciar “yo quisiera” y no “yo hago”. Pero más triste fue darme cuenta de lo que me estaba perdiendo por vivir en esa burbuja de amargura.
Con el tiempo y sobre todo en los últimos años me di cuenta de que no hay tiempo que perder y quizá lo bonito de la vida es aprender a ver lo afortunados que somos con las cosas simples de la vida. Hace diez años pesaba 20 kilos menos y me sentía acomplejada porque según yo estaba muy gorda (¡JÁ!) después  comencé a subir de peso “deveras” y empecé a hacer cosas que no imaginaba sería capaz en el deporte. Antes renegaba mucho de mi ciudad y sus pequeñas calles y ahora hasta me sé de memoria sus baches y cada que salgo a paseos nocturnos en bici encuentro una nueva línea de poesía urbana. Claro, hay ciudades más bonitas, hay lugares de primer mundo que superan arquitectónicamente a mi pequeña Vicky pero esta es mi ciudad, el lugar que me vio crecer y que me recibió en mis múltiples intentos por emigrar.
En este momento no está en mis planes irme, tengo la gran fortuna de que me paguen por hacer algo que me gusta. No es un gran sueldo ni el oficio más sofisticado pero es algo que se me da y disfruto. Además estoy en el corazón de mi ciudad ¿qué más puedo pedir? Sí, una cosa. Un pequeño detalle que haría de esta mi ciudad perfecta: Seguridad.
Como mencioné en la entrada anterior este año comencé a escribir una novela. No espero sorprender a nadie solo poner a mi ciudad en una novela. La historia es lo de menos, lo que más me importa es que Ciudad Victoria esté ahí, mis personajes se mueven en función a la ciudad como muchas veces nos sucede. No es lo que queremos hacer, es lo que Victoria nos permite.

Me siento contenta de vivir en mi ranchito con dos cines y universidades de dudoso prestigio académico, una avenida de ocho carriles poco funcional y los tacos de bistec más ricos del universo. Mi Victoria con sus flautas de harina, chochas con huevo y garapaches de tina. Pero lo más importante es que aquí está mi familia y la gente que quiero y esa no la tiene Europa. No me iría, al menos no por el momento. 

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