Me caigo y me levanto
No solamente ignoro eso
sino
que jamás he sabido en qué momento
mi tía
o yo recaemos
¿cómo
rehabilitarnos entonces si a lo mejor no hemos recaído todavía?
Julio Cortázar, “Me caigo y me levanto”
Escucho el concierto en Re para violín de Brahms mientras
hago arqueología de los discos de respaldo que tengo de mis antiguas
computadoras. El objetivo es encontrarme de nuevo con lo que había escrito
sobre el Nuevo Santander, los proyectos de tesis fallidos, las fichas mal
estructuradas, las ideas que eran más divagaciones que discursos, en fin, todo
lo que hice en torno a mi trabajo de investigación para titularme y que dejé
trunco. Aborté la misión de la tesis y
ahora que trato de ordenar lo que soy para seguir adelante me dije “Tengo que
encarar ese asunto y darme cuenta de una vez por todas por qué me equivoqué,
qué hice mal. Quiero asumir que no soy historiadora, que puedo ser muchas cosas
excepto eso.”
Este método lo he usado con frecuencia, cuando termino una
relación me pongo a ver todas las fotos del ex en cuestión hasta que ya no me
duela su imagen. Así pensé hacer con el Nuevo Santander, releer todo,
criticarme todo y así olvidar que en algún momento pensé que yo también podría
escribir historia, hacer una maestría, pasar una temporada en Francia y rematar
en Sao Paulo. Olvidar y seguir adelante, titularme de una vez por
todas y ser feliz sin frustraciones. Porque lo admito, en el fondo de mi
corazón aún quiero hacer la tesis pero ¿a quién engaño? Si no lo hice antes no
lo haré ahora.
Y he encontrado otras cosas además del Nuevo Santander, he
encontrado fotografías de momentos que ya había olvidado. Reviso carpeta por
carpeta y veo con nostalgia y con alegría mis vueltas por el mundo, mi vida de
mochilera, las giras, los encuentros, los conciertos. Gente que viene y va,
personas que amé profundamente y que ahora se encuentran a una distancia que
se puede medir en años luz. Sonrío cada vez que me reconozco en una foto más
flaca, más gorda, más feliz, más soñadora. La fila de los exnovios es
inevitable, imágenes en los escenarios, en carreteras, en fiestas, en museos. Fue
el mundo posible, las ganas de querer hacerlo todo al mismo tiempo y arder como
decía Jack Kerouac. El mundo antes de los 25, antes de que tuviera un trabajo
estable y tuviera un horario. Pienso en lo paradójico de la vida, de cuando era
freelance y me la pasaba viajando aún sin tener una certeza económica y ahora,
que tengo una relativa estabilidad, no lo puedo hacer tan fácilmente.
Veo fotos de mi hermano, de mis amigos que ya no están, de
los conciertos en los que ya no voy a tocar y de las relaciones que ya no van a
ser. Veo fotos del que fue el amor de mi vida, del que fue el hombre de mi vida
(dos personas diferentes) y pienso en la relación que acabo de concluir. Pienso
en la tesis abandonada, en las pérdidas que he tenido en estos años y recuerdo
el poema de Julio Cortázar que puse como epígrafe. Me caigo y me levanto… lo he
hecho muchas veces, incluso ahora cuando en momentos con gusto me pondría de
rodillas ante la vida y le pediría que pusiera su espada en mi cuello. Me caigo
de rodillas y me levanto, me rehabilito como antes lo he hecho, como me toca
hacerlo ahora y seguramente lo seguiré haciendo en lo que resta de mi vida.
Brahms suena en mi cuarto, su música melosa que evito
porque me recuerda a mi primer novio llena mis oídos. También evito a Brahms
porque fue de las últimas cosas que toqué con Alberto, el pianista que no logro
superar. Noto que ya no me choca tanto, incluso disfruto la orquestación y esta
mezcla de nostalgia más notas cursilonas me han sacado una que otra lágrima.
Francamente no sé qué hacer, porque la primer intención de
ir tras los escombros de mi vida universitaria era precisamente eso, abandonar
cualquier intención de volver al aula, porque aunque una parte de mi quiere
regresar otra parte, la adulta, la pragmática me dice que queme las naves para
no volver a navegar en la incertidumbre. Y está la decepción y la ilusión de
volver a creer. Trato de conservar la calma, me veo a mi misma como ese cuento
de Juan José Arreola “El silencio de dios” y pienso en lo oportuno que sería
tener correspondencia con un ser divino. Pero eso no va a suceder porque
como ustedes saben no creo en dios ni el diablo.
En este punto en el que ya no se me ocurre qué más escribir
porque, como muchas cosas en esta vida, no sé cómo concluir pienso en los
mensajes que se lanzan en botellas al mar. Este blog es mi botella y este es un
mensaje sin un destinatario en particular. Una catarsis, un ejercicio de
escritura, un diario, una manera de hacer mis pensamientos y sentimientos de
dominio público y también una manera de encontrarme a mi misma a través de lo que escribo.
“…contra lo que pasa, se impone pacientemente la
rehabilitación
en lo
más recaído hay algo que siempre pugna por rehabilitarse…”
Comentarios
- me encanta leerte.
- estoy en una situación similar.
- te acompaño en espíritu, donde quiera que estés.