George Harrison
Lo mejor que pudo haber dado los Beatles al mundo fue George Harrison. Ni Lennon ni McCartney y sus grandes egos me conmueven tanto como el buen Harrison. Recuerdo que cuando era niña había una tienda de usado cerca de casa donde gastaba los pocos pesos que ahorraba comprando libros, afiches, cuadros, casettes y demás cosas que me llamaban la atención. En cuanto a libros compré y leí muchos de los cuales algunos solo pedía prestados, los leía y luego los regresaba, o bien los compraba y luego los devolvía a cuenta de otros y así. Lo mismo hice con los cassettes y fue por eso que empecé a leer y escuchar muchas cosas, amén de que por aquel entonces yo era una asidua radioescucha del programa Mezclilla Azul programa que como su cortina dice: un encuentro entre la poesía y el blues abría mi mentecilla infantil casi puberta a nuevas experiencias musicales-literarias. (Quien diría que años después me tocó la fortuna de colaborar y realizar algunas de las emisiones de dicho programa leyendo nada más y nada menos que a Jack Kerouac y Allen Ginsberg, dos de mis poetas favoritos).
Pero volviendo a mi experiencia con el bodegón de lo usado cuando era chamaca recuerdo que una vez me traje un par de libros y un montón de cassettes entre los cuales venía uno de George Harrison. Lo escuché y me latió, quizá porque era diferente a lo que siempre había escuchado, quizá porque mi mamá puso el grito en el cielo cuando supo que yo estaba viendo 'otra' religión a sus espaldas, quizá porque era algo diferente a lo que sieeeeeempre había escuchado, quizá porque recitaba 'hare krishna' y en aquel entonces yo había conseguido un par de libros sobre los vedas y el hinduismo y porque además ese tal krishna me caía bien porque era azul y tocaba la flauta y todo ese rollo hablaba de cosas que me parecían congruentes y viables al mundo decadente en aquel año cero del segundo milenio... Al final mi má preocupada por las lecturas de su hija, sus cuestionamientos ontológicos y cosmológicos y toda esa música rara llevó mis cosas a un espantoso Concilio de Trento que se hizo en la iglesia donde el pastor en cuestión ordenó destruir todos mis libros, música, dibujos y demás afiches que iban en contra de Dios. No recuerdo si se asomó la palabra hereje por allí pero de que el patrón inquisitorial se repitió en vicku en pleno 2000 con una niña (o sea yo) se repitió, eso que ni qué.
Allí se fue mi cassette de George Harrison y muchos libros, lo cual no quiso decir que se mermaría mi curiosidad que ya se había convertido en obstinación por tener acceso a todo aquello velado por la iglesia y prohibido en casa. Mi pubertad y primeros años de adolescencia se marcaron precisamente por llevar una 'contraria' a lo establecido. La prohibición solo generó más sed de conocimiento y de leer el mundo más allá de la 'verdad absoluta y divina', cuestionar, conocer, saber y después creer. No fue fácil asimilarlo, no fue fácil escabullirse y hacerse expulsar de clase para ir a la biblio de la secu a leer y mucho menos estar leyendo dos libros a la vez (el segundo libro era el diccionario, obvio) y atravesar esos años de cambios hormonales-físicos-mentales con todo aquello. Lo que si tenía segurito a los 13 años es que quería estudiar filosofía y ser escritora cosa que -como es de esperarse- también hizo que mi má pusiera el grito en el cielo.
Apenas un año después de que mi contacto con Harrison desapareciera supe por las noticias que ese tal George había muerto. Vi un par de reportajes sobre su vida y resultaba que el tipo no era cualquier hijo de vecino y que había estado tocando con los Beatles (uno no nace sabiendo, en esos años yo pensaba en los Beatles como una unidad no como un cuarteto) y que había estado en la India y así (siii! al final no estaba tan equivocada al asociar una cosa con otra), se había hecho cuatacho de Ravi Shankar y que tocaba ese instrumento que sonaba como un sueño en las rolas de los beatles: la sitar. Lamenté ya no tener el cassette de George Harrison y cuando fui a comprar un disco aunque fuera pirata del tan mencionado resultó que en mi rancho no encontré nada. Al menos en el centro de mi rancho y el soriana que esta frente a la que fuera mi secu ya que en aquel entonces eran las zona donde podía salir sola a comprar cosas, para lo demás tenía que pedir que me llevaran porque aunque ya existía interné en aquellos años como es de esperarse todo estaba restringido y ni por la cabeza me pasaba la posibilidad de bajar música en la compu... menos si la conexión estaba condicionada a ratitos en los que nadie quisiera usar el teléfono.
Años más tarde un buen día que estaba de ociosa cambiando los canales en la tele vi algo que me llamó la atención: nada más y nada menos que el mismísimo Clapton en pantalla. No recuerdo qué canal era pero lo que si recuerdo es que se me alegró la vista al saber que en los múltiples canales de cable porrr fin había encontrado algo bueno en aquella noche. Yo no sabía pero un año después de la muerte de Harrison habían organizado un concierto en su memoria y era precisamente ese mero el que estaba viendo en la tele. Con una enorme foto del difunto protagonizando el escenario se habían dado cita varios de los que en vida habían sido sus cuates. Incluso por allí también andaba una chava, una mujer que me impresionó... qué digo mujer, toda una deidad hindú: Anoushka Shankar tocando ese instrumento que suena a sueño y dirigiendo Arpan, pieza que su padre Ravi Shankar había compuesto en memoria de su otrora amigo George Harrison.
Dejo el video de la pieza que me impresionó por diversas razones: la primera y principal, la música y esa cantidad de instrumentos que en algunos casos eran completamente desconocidos para mi; Anoushka por supuesto; los cantos y el final con Eric Clapton en la guitarra.
Puedes ver este video con mejor calidad aquí, o bien ver todo el concierto en línea acá.
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