Fashion Week Bicentenario

El Bicentenario que se puso de Moda

La semana pasada fue semana de fiesta para México, el tan prometido y montado con reloj en cuenta regresiva al 15 de septiembre por fin llegó a la fecha indicada en varias ciudades del país, y pese a que el reloj victorense se descompuso varias veces eso no significó que el ansiado día no llegara a la capital tamaulipeca.

Desde el lunes 13 empezó la pasarela de la historia oficial y de bronce con las ceremonias sobre ‘Los Niños Héroes’ los cuales, aunque a los libros de texto les cueste admitir, no existieron cual las estampitas de papelería nos dicen, ni el mismo Castillo de Chapultepec señala. Los Niños Héroes fueron una invención para fomentar el nacionalismo en México, cuyo impacto se ve en la infancia mexicana y que cada año las escuelas primarias sacan a relucir en periódicos murales, los honores y una que otra representación teatral para beneplácito de padres y maestros quienes ven el drama de la falsa historia mexicana en su máxima expresión.

Pero como la moda es de quien le acomoda y de quien bien la viste, en varias escuelas hubo concurso de vestuario de época donde la moda del siglo XIX fue el escaparate septembrino. La insurgencia impuso vanguardia entre los niños y madres de familia quienes aún habiendo gastado cuantiosas sumas de dinero en papelerías comprando estampitas, láminas, banderitas y demás afiches que ‘celebran’ a México también vieron mermados sus pesos en conseguir el vestuario adecuado para que el niño desfilara en la pasarela histórica escolar.

El martes 14 fue día en el que por alguna extraña razón todos empezaron a sentirse muy, pero muy mexicanos. Los medios hablaban de las maravillas mexicanas del bicentenario con escenarios naturales retocados como postales al mundo donde los indígenas se veían fashion, artesanales, lindos y hasta contentos por salir en la tele. (Asunto paradójico, ya que sabemos que la situación de los indígenas en México poco tiene que ver con las escenas retocadas y bien vestidas que vemos en la tele.)

El sentimiento de la nación mexicana tenía que ser celebrado como le gusta al mexicano: sin ir a trabajar (al ramo burocrático laboral me refiero). Así que las dependencias gubernamentales, de educación y afines como tenían mucho en que reflexionar sobre el Bicentenario y los héroes que nos dieron patria se tomaron varios días de ‘descanso’ para la meditación y contemplación de los 200 años de ‘libertad’… y de paso también ir a gastar algunos pesos a Estados Unidos, aprovechando el puente (aduanal y laboral).

El miércoles 15 se llegó el gran día, donde expectativas y rumores se verían esclarecidos. En la capital del país se dejó ver un Bicentenario
a la altura de la moda más pop y superficial, con Paulina Rubio incluida y un shalalala coreado por los invitados de honor a tan magno evento: Vicente Fox y Carlos Salinas de Gortari (sí, el mismísimo que viste y calza cortesía del erario nacional y que México ve en pesadillas no muy lejanas y en ese día muy reales).

Hacia la provincia el día del grito fue menos ostentoso que en la capital, hacia la provincia hubo lugares donde básicamente no hubo quien diera el grito ni quien quisiera asistir al evento. Municipios de Tamaulipas y de otros estados del norte vieron pasar el día como cualquier otro, sin celebración ni vendimia callejera, sin que se diera el tradicional grito de Dolores en la plaza; por el contrario era dolor el que se sentía por México, por el norte y en específico por Tamaulipas y su gente.

En la capital tamaulipeca pese a los rumores y temores se dio el grito, con muy poca concurrencia y mucha paranoia, tanta que se llegó al punto que días antes se desatara el rumor de que los leones del zoológico serían soltados en la plaza (cualquier parecido a la obra de Emilio Carballido ‘El día que se soltaron los leones’ es mera coincidencia). Evidentemente el rumor era solo rumor y en el día del grito fue mas la rapiña morbosa de quienes esperaban que ese día sucediera lo peor que los incidentes en la plaza.

Pasó la noche del grito, llegó el jueves y aún con el desvelo por la fiesta de la noche anterior el presidente dio un segundo grito (el históricamente correcto) en la temprana mañana de Dolores, tratándose de apegar lo mejor posible a la usanza de hace exactamente 200 años para luego regresar al tradicionalísimo y en este año obligado desfile militar en la capital. Sobra decir por qué fue obligadísimo ver tal desfile: siempre es oportuno saber las nuevas tendencias militares, sobre todo para poder combinar bolsas y calzado con el ejército en esta temporada otoño-invierno.

Después de este desfile el furor del Bicentenario era cosa del ayer (literalmente) y ya solo nos faltaba ver la película de Hidalgo para cerrar con broche de oro el patriotismo mediático que abrazábamos los mexicanos, película que como presumía ser muy mexicana debía tener al menos un Bichir para no romper con la línea del cine mexicano noventero y de principios de siglo.

La belleza cuesta, la moda cuesta y el Bicentenario costó varios millones de pesos a México. No importó que muchos reclamaran que ese dinero se hubiera usado para mejoras a la educación y servicios, en programas de apoyo a los que más necesitan o en programas sociales comunitarios, lo que importó fue lo lindo que se vieron todos a la vanguardia del derroche y la opulencia histórica-mediática.




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