Lunes
Suena el despertador por la mañana, un poco más tarde de lo habitual (lo habitual es que suene a las 5 y media, aunque despierto, lo apago y me quedo un rato en cama en uno de esos momentos de meditación trascendental: ‘¿me levanto o sigo en cama?... ¿y si mando todo a la tiznada y tomo el primer autobús rumbo a cualquier parte?… no mejor me levanto, tengo muchas cosas que hacer hoy… escuela, trabajo, escuela, lecturas, servicio social, escribir, ensayo, esa sonata hay que depurarla… ¡ah! hoy será un buen día para retomar ese concierto que dejé pendiente… uhm, si, tengo que levantarme el día apremia…’). Pero hoy por motivos de ingeniería del ocio y de la celebración de fechas cívicas oficialistas no hay escuela; pero si trabajo. Apago el despertador, el sol entra por la ventana y da directo a mi cama, afuera se escucha el canto de los pajaritos color café que abundan en mi ciudad. La escena no me parece que sea de un lunes, parece que fuera domingo, una mañana de domingo en la que no tengo apuración de levantarme ni de ir a ninguna parte (a excepción de los domingos pasados que sí tuve ensayo matutino). Por una vieja tradición judía y un poco de superstición cultural cuando me levanto de la cama lo hago por el lado derecho y casi al poner los pies en el suelo siento un malestar en el estómago (malestar al cual ya me estoy acostumbrando, como si fuera un trozo de conciencia tangible que me recuerda que me irá mal cada que peque de gula). Me pongo las pantuflas y me dirijo a lavarme la cara, con cada paso los espasmos se agudizan. Pese a mi dolor habitual esto me parece que no es normal, bueno del dolor normal que me acompaña, los espasmos se agudizan y prefiero avisar que llegaré tarde al trabajo.
Pasa un rato, desayuno galletas saladas, los espasmos disminuyen y decido ir al trabajo. Casi al salir el dolor me doblega y regreso a la sala, me recuesto en el sofá y espero a que pase. Llamo para avisar, ahora, que no iré a trabajar, me informo sobre cómo está mi equipo y aunque siento que debería estar con ellos, mi estómago me traiciona y me hace quedarme en casa. Está bien, aprovecharé para adelantar trabajo, me siento frente a la computadora y selecciono a Charles Mingus para que me acompañe… Trato de concentrarme y escribir, quiero concentrarme y escribir… no lo logro… espasmos… buena música… se antoja leer a Bertolt Brecht... ojalá pudiera escribir como Bertolt Brecht… no, no sería capaz… bueno quizá un día…
Me levanto de mi silla y me recuesto en la cama, el techo blanco y en la pared una reproducción de una pintura de Modiglini, una mujer pelirroja me mira, o yo la miro… no se… esa mujer, esos trazos… recuerdo el poema de Xavier Villaurrutia ‘Soledad’… Me vuelvo a levantar y tomo un libro, el que sea (hay tantos regados en mi habitación que es fácil encontrar uno hasta en la ropa sucia). No me concentro, regreso a la computadora y empiezo a escribir esto.
Pero ya, es hora de trabajar.
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