A veces minutos, o quizá segundos son decisivos para el curso de la existencia de una persona. Lo digo porque en días pasados estaba recordando con mi mamá una de las ‘travesuras’ que cometí de niña, que bien pudo terminar en tragedia.



No recuerdo exactamente cuántos años tenía, serían unos 9 o quizá 10 años que estando con una prima en el patio trasero de mi casa encontré un anillo que me compró mi abuela cuando terminé preescolar (acá llamado kinder). El anillo era de una amalgama de metal muy grueso; no era realmente un anillo de valor, de hecho el único valor que poseía era el simbólico. Aquí me detengo a apuntar que, no sé si suceda en todo el país, pero acá cuando terminan el preescolar, primaria, secundaria y prepa se empeñan a decir que ‘ya se graduó’ y hacen toda la ceremonia propia de la graduación; con togas, diplomas y esas cosas, entre ellas los anillos. En lo particular me parece absurda, por ejemplo, la graduación del preescolar dado que en mis tiempos salías del preescolar sin darte cuenta para empezar qué significaba la palabra graduación. En fin, el caso es que el anillo que me regaló mi abuela no se cuánto tiempo lo usé ni cuándo lo perdí (ya ven, un chamaco de esa edad no le presta importancia a esas cosas) sino que jugó un papel decisivo cuando lo encontré.

Antaño mi casa era completamente distinta a como es ahora, de hecho podría decir que era más pintoresca, aunque eso si, más pequeña de lo que es ahora. De mis años de infancia con mis hermanos tengo recuerdos vagos, eso ya lo he mencionado en otras ocasiones, pero lo que si recuerdo es el amplio patio que teníamos para nosotros y las muchas plantas florales que mi mamá tenía, junto con plantas silvestres que nacían solas y otras exóticas que mi papá vendía. Hasta me acuerdo que gente venía especialmente a ver las plantas de mi mamá e intercambiar por otras que ella no tuviera. Pues en una de esas tardes de miércoles (lo recuerdo porque era día de ir a la iglesia) estaba con mi prima que, dicho sea de paso, es menor que yo en el patio trasero de mi casa. Allí encontramos el mencionadísimo anillo que tenía una piedra roja, alrededor ostentaba la palabra ‘kinder’. Ella intento ponérselo arguyendo que le quedaba; pero yo, egoísta niña que no quería compartir el hallazgo dije que era mío y no le dejé que siquiera hiciera el intento de quedárselo. No se por qué pensé que si me lo ponía y me quedaba seguramente ella ya no iba pedírmelo, así que lo introduje en mi dedo anular de la mano izquierda muy a fuerzas. Mientras tanto mis papás estaban alistándose para irnos al culto de miércoles por la tarde. Cuando nos llamaron para irnos yo ya tenía el dedo más morado que una berenjena (bueno no tanto, pero si bastante morado) y ya no lo sentía, se lo mostré a mi mamá que horrorizada vio mi dedo e intentó quitarme el anillo con crema, jabón, aceite y todas las cosas que permitieran que se resbalara por la piel sin obtener éxito alguno. Cuando se dio cuenta que los intentos no eran ni lo más remoto eficaces le dijo a mi papá que tendrían que llevarme al hospital para que me quitaran el mentado anillo. Yo por supuesto que no tenía idea de lo que estaba pasando, la neta no recuerdo que me doliera porque de hecho ya no estaba sintiendo el dedo. Después de una breve discusión angustiosa de ‘qué hacemos con esta chamaca’ partimos al hospital. Todo el trayecto mi papá me estuvo regañando no por la ‘travesura’, sino porque por mi culpa no íbamos a la iglesia sino al hospital.

Llegamos directamente a urgencias, con el dedo por delante (no por albur, sino porque el caso ya estaba bastante grave) y todas las enfermeras trataron de quitar el anillo con los mismos métodos que mi madre en casa. Pero nada. Todos decían que si no me quitaban el anillo pronto era muy posible que el dedo ‘muriera’ por la falta de circulación sanguínea. Un médico al ver que no se podía sacar dijo que lo mejor era romper el anillo para quitarlo del dedo, sólo que el cortar el anillo iba tardar mucho porque el metal era bastante grueso y el corte sólo podía hacerse con segueta. Dicho procedimiento iba tardar lo suficiente como para que el dedo ‘muriera’ y lo siguiente era proceder a la amputación. Mi mamá hecha un mar de angustia al ver que no había otra alternativa cedió y echada yo en una camilla todavía me acuerdo del doc empezando a serruchar el anillo con cuidado para no lastimar la demás parte de la mano. Pasó poco rato para que llegara otro doctor que apenas empezaba su turno y supiera de lo ocurrido, al ver el caso lo que sugirió fue que se sacara el anillo del dedo con todo y piel. Suena crudo, pero si ya estaba todo el mundo resignado a la amputación, qué más daba el extraer piel de algo ya dado por muerto. Así fue como sin anestesia y frente a los ojos de mi padre y un montón de enfermeras este doc hizo un corte estratégico en la mano para poder jalar la piel del dedo y de esa manera también el anillo. No me dejaron ver el procedimiento, sólo recuerdo que grité cuando sentí el jalón y después sentí el ardor. La piel ya no estaba y el anillo tampoco; mi dedo se había salvado. Acto seguido me hicieron las curaciones debidas y recibí el regaño correspondiente por parte de los doctores y la acogida cariñosa de mi mamá que paciente esperaba fuera cuidando a mi prima que indirectamente también sufrió este problema. La decisión del doctor de quitar la piel al momento fue bastante oportuna, de haber tardado unos minutos más ya no hubiera sido posible salvar el dedo y mi mano izquierda no estaría completa.

Esto puede pasar como una anécdota de travesura infantil, pero pensar en lo que hubiera sucedido si realmente me hubieran amputado el dedo va más allá que eso. De haber sido así quién sabe qué tantos complejos me hubiera traído y creo que tampoco me hubiera acercado ni de chiste a querer tocar algún instrumento. Seguramente mi existencia sería muy diferente ya que muchos saben que para mi es pieza angular tocar el cello, por ejemplo; o el violín, que fue el primer instrumento que toqué y que me llevó a tener acceso al cello. Si no hubiera tenido contacto con estos instrumentos tampoco hubiera podido conocer a tanta gente y tantos lugares a los que me ha hecho entrar y conocer la música. Mi dedo está bien, de hecho no tengo queja alguna y mi piel se regeneró como debía y hasta los pelitos correspondientes tiene.

Así es como a veces el transcurso de unos cuantos minutos puede cambiar radicalmente una existencia ya sea al momento, o a posteriori, como en mi caso. Si esta historia tuviera una moraleja sería… mmh… quizá: "no seas egoísta (como yo con mi prima), no sabes si por querer algo para ti tengas que perder más de lo que retienes (como un dedo)…" bueno, no es un buen enunciado de moraleja, pero se entiende.



Comentarios

David! ha dicho que…
bueno, esa historia me dio unos 5 minutos de entretenimiento, gracias.
luishumberto ha dicho que…
Fascinate historia, amiga. Cuando leía el texto creí a la vez que estaba leyendo un cuento realmente fantástico. Está tan bien narrado, sobre todo en el drama por la posible amputación del dedo, que puede darte para un cuento de ficción. Ya estás cerca de la narrativa. Tienes facilidad e imaginación, no hay duda. Para una buena obra de ficción infatil, te recomiendo leas "Las batallas en el desierto", de José Emilio Pacheco, ediciones ERA. Ojalá te guste el libro, y encuentres afinidades. Un abrazo.

Luis H. Espinosa

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