Compromiso, boda y matrimonio.

Si hago memoria nunca creí en el matrimonio como una posibilidad de vida. He escuchado a muchas personas que dicen que sí soñaban con casarse desde pequeñas pero para mí ese sueño nunca fue una tierra prometida. Con los años y gracias a la industria del matrimonio llegué a visualizar ciertos escenarios pero nunca fueron como tal una aspiración real. Si a eso le añado mi descubrimiento del feminismo radical y la crítica al amor romántico, el resultado fue una negación rotunda a los patrones establecidos por el patriarcado hacia las mujeres cuyos lugares comunes son el matrimonio y la maternidad.

Sin embargo, tengo dos años comprometida. Puedo contar el día de mi compromiso como una de esas historias que pueden sonar inverosímiles: un día sin planes fijos en Japón, un destino inesperado -Kobe- un día lluvioso como solo el verano insular puede serlo y una tienda de novias. Los detalles de ese día son tan mágicos que cuando los recuerdo siento que lo vivido fue un sueño. No fue un día normal y sin embargo tampoco fue tan grandilocuente como la industria del amor romántico nos vende la idea de un compromiso. Fue sencillo y discreto pero sumamente maravilloso. La felicidad tiene diferentes matices y facetas y puedo decirlo con toda la convicción posible: ese día fui plenamente feliz de una manera que nunca había experimentado.

Después de un compromiso viene la boda. Las convenciones dictan que ésta se hace en un plazo de seis meses a un año. Alrededor de las bodas hay toda una serie de convencionalismos, ritos, actos y objetos simbólicos que, en lo personal, solo de pensarlo me abruman. La boda más como una fiesta-producto de consumo que como una celebración. Pensar en una boda con todos sus elementos me ponían en predicamentos innecesarios ¿presupuesto? ¿lugar? ¿invitados? ¿padrinos? ¿vestido? ¿fotografía? ¿banquete? ¿realmente quiero todo eso? 


Pensaba en todas las bodas a las que he asistido a lo largo de mi vida (que han sido muchas y espero que se vayan sumando mucho más) pero, francamente, yo no me veo como protagonista de esa fiesta. Las convenciones de las bodas latinas, las bodas de final de telenovela, las bodas de las películas, las bodas de rancho, las bodas como sinónimo de status, las bodas como escenarios emocionales (artificiales) de alianzas políticas y económicas. Admito que aquí estoy siendo muy prejuiciosa, porque así como hay bodas en las que todo lucimiento se siente una competencia y obligación, también he asistido a bodas que me han hecho llorar de ternura, bodas donde el amor se siente como una fuerza magnética que inunda toda la sala. Esas son las bodas que me hacían creer que yo también quería vivir ese sueño.


Pero vuelta a mi realidad y a mi día a día, a mi compromiso que pasó de un mes, dos meses, tres meses a un año. El tema de la boda cada vez se fue difuminando más hasta quedar en un tema del que no se hablaba más que en tono de broma. Así cumplimos dos años de compromiso. Pasé de la chica que decía que no se quería casar a la chica que sí quería un matrimonio pero no quería tocar el tema, un tanto por pudor y un mucho por miedo. De esto último me di cuenta hace apenas unos días: algo “tan sencillo” como una boda me provoca un pánico enorme. Porque una boda son expectativas de todo y de todos. Y nada hay peor que cumplir expectativas impuestas por la sociedad y por la industria del consumo sobre cosas de las que uno ni siquiera está del todo convencido. 


Entonces llegué a una conclusión sencilla pero poderosa: sí me quiero casar pero no quiero una boda. Y está bien y es un alivio poder decirlo y materializarlo sin ofrecer disculpas por mi decisión: en una semana me voy a casar y no, no tendré una boda. Así sin lujos ni ostentación es lindo pensar que en una semana estaré firmando un documento para formalizar legalmente lo que mi corazón ya decidió hace dos años: unir mi presente y futuro con el hombre que quiero para toda la vida. 


Ayer, mientras hacíamos los trámites previos en el registro civil, llegó una chica vestida de novia y su familia. Ella se veía radiante y conforme fue llegando la familia el ambiente gris de una oficina gubernamental comenzó a tener un aire diferente: nervioso, expectante, alegre. Entonces recordé la escena final (que fue la que más me gustó) de la película Amores materialistas: la oficina municipal de Nueva York donde se expiden las licencias de matrimonio. En esa secuencia observamos a la diversidad de parejas, la pluralidad de manifestaciones y celebraciones al amor en una manera comunitaria de unir la voluntad de convivencia con la persona que se ama en lugar burocrático que de un momento a otro se llena de colores, dicha y amor. 


Siendo sincera, estoy nerviosa. Pero no tengo miedo. En una semana me caso y no tendré boda pero sí la plena convicción de que estoy haciendo lo que llena y da plenitud a mi corazón. Y eso es lo que importa. 








Comentarios

Chema Hernández ha dicho que…
¡Felicidades! Espero que tu boda haya sido justo como la querias.

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