Suena el despertador por la mañana, un poco más tarde de lo habitual (lo habitual es que suene a las 5 y media, aunque despierto, lo apago y me quedo un rato en cama en uno de esos momentos de meditación trascendental: ‘¿me levanto o sigo en cama?... ¿y si mando todo a la tiznada y tomo el primer autobús rumbo a cualquier parte?… no mejor me levanto, tengo muchas cosas que hacer hoy… escuela, trabajo, escuela, lecturas, servicio social, escribir, ensayo, esa sonata hay que depurarla… ¡ah! hoy será un buen día para retomar ese concierto que dejé pendiente… uhm, si, tengo que levantarme el día apremia…’). Pero hoy por motivos de ingeniería del ocio y de la celebración de fechas cívicas oficialistas no hay escuela; pero si trabajo. Apago el despertador, el sol entra por la ventana y da directo a mi cama, afuera se escucha el canto de los pajaritos color café que abundan en mi ciudad. La escena no me parece que sea de un lunes, parece que fuera domingo, una mañana de domingo en la que no t...